La sérénade interrompue

Hace un par de días salí por un café con Benito. Dejando de lado su enamoramiento por mí, ocurrió algo inquietante. Como era costumbre, nos sentamos en el rincón abarrotado donde el murmullo y la lluvia no interrumpían el silencio; pero a pesar de que desde nuestra esquina podíamos ver todo el lugar, ésta sólo nos dejaba un leve contacto con la mesa de enfrente, la cual fue ocupada pocos minutos después por un matrimonio joven. Era una mujer hermosa, madura, de porte que rayaba en la arrogancia, de cabello rojizo y líneas mal desdibujadas en ojos y labios. Vestía elegante, como si resaltar fuera más una decisión diaria que mera costumbre; su esposo era, en la misma medida, de un atractivo casi cruel pero sin el propósito de serlo, un hombre común a fin de cuentas.

No dejé de observarlos por un largo rato. Aunque el hombre me daba la espalda, el rostro de la mujer me quedaba en la mira, y era esto lo que más me intrigaba. Lucía tan triste, de esa tristeza que se contiene y deja helado por dentro. Sus labios mordidos eran una horizontal agrietada, sus ojos nerviosos parpadeaban en un inútil intento de ahuyentar las lágrimas. En realidad, no habían peleado y esto lo sé tan bien como es posible saber cualquier cosa. El hombre había estado hablando por teléfono durante toda la escena, con hombros relajados y una voz increíblemente desinteresada. Entonces Ben se levantó por otro café y el hombre también lo hizo. En este burdo movimiento, la mirada de la mujer se cruzó con la mía. Y en esa mirada ella me había despreciado de pies a cabeza. Le había escupido a mi juventud, a mi ignorancia, a lo que ella suponía era una cita donde había amor joven y osado; en su memoria se había reflejado, en una extraña tan trivial como yo, a la adolescente que ella había sido, y en el aire se pudo sentir ese odio que la carcomía por aquello en lo que se había convertido. Reparé entonces en el frío de mis dedos y labios, pensando en el temblor que debía seguir a una mirada tan violenta como la suya.

Pero ella me miraba ya lejos, como un fantasma de lo que pensó que jamás perdería. Y yo no pude más que devolverle la mirada inexpresiva, con miedo de que lo tomara como un reto, o peor aún, como compasión. Cuando su esposo regresó, ella se levantó de la mesa y se fue. Se fue sin hacer ruido, sin que nadie le siguiera el paso a su sombra. Sin interrupción divina, la lluvia siguió cayendo, el murmullo buscó un hueco donde perecer. Sigo pensando que ese debió ser para ella el golpe final.

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UN RAPIDÍN: Ya no me basta tu fantasma, sé que tus ojos están cerrados pero aún anhelo llegar a tus oídos, cómo llegar a ti, cómo hacerte saber que te amé y no lo supe decir, sabes, eso pasa cuando uno tiene el corazón con una pata coja, siempre se llega tarde a las miradas, a los besos tiernos, a las mordiditas de labios que te hacen sentir ese cálido dolor-cariño, es el problema de tener el corazón con una pata coja, uno nunca acaba de llegar a los te amo, uno siempre llega cuando todo está perdido (…)

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El páramo

A veces no notamos ciertas cosas a menos que nos enfoquemos realmente en ellas. No estamos nunca conscientes del roce de la ropa en nuestro cuerpo, o del hecho de que parpadeamos reflexivos hasta que alguien más lo advierte. Entonces no puedes parar de notarlo por un tiempo hasta que se vuelve molesto, casi ruidoso.

Pasaron tres años antes de que pudiera siquiera notarlo y no lo hubiese hecho de no ser por el aire viciado que se había arrinconado en mis pulmones y los había vuelto más pesados. Pero si en un principio no fui consciente del lugar donde me encontraba fue por su cielo abierto, por el suelo verde que recorría kilómetros hasta perderse en la neblina, por los arroyos traslúcidos y su falta de peces.

Tienen que entender que estaba a cielo abierto en toda la extensión de la palabra, y aún así éste me presionaba el pecho, la mirada y el sueño. Yo yacía sobre la hierba y tierra empapada en lluvia, tratando de sostener el temblor de mis rodillas con las manos.

No era este mi hogar pero sí algo muy parecido. Era un lugar común para mi mente, un escondite al que acudía en automático cuando mi voluntad cedía. Estuve aquí un par de veces antes, y por mucho tiempo intenté llamar pero nadie me escuchó ni miró hacía tan terrible altura en la que me encontraba. Lo intenté siempre, pero para serles honesto, el día en que bajé la mirada me sentí a salvo. No había nadie que pudiera reprocharme mi cobardía, ni nada que me recordara el camino de regreso.

Jamás hubiera dudado de la existencia del Páramo hasta el momento en que mi psiquiatra lloró cuando salté de él.

Ulalume

Mientras tú dormías, la brisa tocó la ventana. Por el ánimo de su ulular supuse que quería hacernos compañía en el refugio. Quizá no sabía que la cama para entonces ya estaba helada, que tus más leves suspiros encerraban un rencor pasajero.

Esa noche habíamos discutido como nunca y cuando me diste la espalda pude sentirte luchando contra las lágrimas. No me atreví siquiera a mirarte –y no por rencor, sino por vergüenza-, porque mientras tú dormías no dejaba yo de pensar en lo mucho que te amaba y en cómo la eternidad debía celar nuestras promesas tan temerarias, atemporales. Sentí vergüenza porque el orgullo no me dejó decírtelo, porque incluso la brisa fría de la noche merecía más dormir a tu lado que yo.

La Rambla

Nuestro encuentro no fue ningún milagro, ni la vida ni el destino nos quisieron juntos. Creo de verdad que el universo intentó de todo por evitarlo. Pero fuimos en ese entonces más ingenuos, temerarios. Más imbéciles, quizá.

Fue en la ciudad más viva y entre la gente más hueca, que encontramos en nuestro roce un cosquilleo, y en el pecho nuestro pulso se correteó el uno al otro. Algún pajarillo al otro lado del mundo debió morir en ese momento en que tus ojos buscaron los míos. Algún hombre, una madre, un hijo debió morir cuando mis dedos temblaron entre tus manos. Ocurrió una catástrofe, un vaso roto, un desastre natural, un asesinato, una plegaria sin respuesta, cada que nos tocamos con vicio y amor roto.

Porque lo nuestro era un golpe al equilibrio. Éramos dos polos, y el centro de la Tierra crujía con cada esfuerzo que hacíamos por querernos. Porque yo no te confiaba mas que mis caricias incompletas, porque tú me regalabas flores marchistas en el motel, creyendo que  el romance se puede llevar a cualquier tugurio.

Fue en la calle más viva en la que el mundo nos mató de nuevo. No era yo ningún poema que fuera a arreglarte, ni eras tú mi último mal trago.

Enero ríe

Parece ser que el tiempo es sólo una invención nuestra, y sin embargo, nos tienen a sus pies sin piedad alguna. Enero, el nuevo año, nos limpia la consciencia por compasión, nos regala un adiós menos crudo y más poético. Nos permite mirarnos en el espejo y ver una chispa de vida y voluntad que habíamos perdido entre tanto arañazo y desgarre.

Enero ríe. Nuestra ingenuidad aprende. El corazón nos reprocha que siempre estuvo a la vuelta de la esquina, paciente –y casi celoso– de vernos rezando a otros dioses, a otras penas menos amargas.Estuvo en cautiverio por trescientos sesenta y cinco días, esperando que lo tomáramos entre manos y le perdonáramos como todo inocente suplica. Y entre dientes, yo le pido perdón a este corazón tan atolondrado, tan pisoteado, tan maldecido por mis propias plegarias.

Le pido perdón, y le exijo que se levante, que la melancolía siempre está al acecho. No le prometo ninguna suerte extraordinaria, pero sí le prometo esa fidelidad y entrega que tanto he ofrecido a otros corazones cínicos, crueles: ajenos. Hoy le pido perdón, y quizá mañana él pueda perdonarme, y de paso, volverme a querer.

Adeus tristeza

Frente a las costas lejanas,
una paz envuelta en brisa nos saluda,
nos abruma, nos exige continuar,
el arrullo de sirena fracasa en impedirlo.

Y cuando se llega a la orilla,
no hay dios que nos abrigue,
hay sal, mente, y espíritu,
y cientos, miles de horas por avanzar.

Para luego tumbarse al sol,
sólo hace falta creerse libre,
difuminarse de la piel su nombre,
el nombre de la mujer que no dice adiós.

Chinese translation

Qué hacer con los trozos de un corazón.

Asegurarse de no pisarlos, claro está. Por experiencia te digo que lo mejor es caminar de puntillas y hablar en voz baja, no temerle al filo pero tampoco retarle a dar el primer tajo. Ten en cuenta que el corazón es tuyo, ajá, sí; pero las órdenes que obedece son ajenas a nuestro entendimiento y sus explicaciones suelen ser mas bien arrogantes.

Aquí lo importante es no perder la paciencia. No intentes esconder los escombros bajo la alfombra, porque tarde que temprano, todo lo que trates de callar en el pecho encontrará una manera de escabullirse: va a deslizarse por debajo de tu cama, te nublará los sueños y sus anhelos.

No, esconderlo todo no es la respuesta.

Usa tus manos. Tus labios, tu sentido común, usa la poesía que te carcome el espíritu. Recoge los trozos, uno a uno, sin recelo —creéme, un corazón herido te tendrá más miedo a ti de lo que tú a sus fragmentos—. Así que vuelve a intentarlo, con más cuidado, no dejes que nada ni nadie te diga que ya has tardado mucho.

Va a tomarte un tiempo, y quizá al final notes que quedó uno o dos huecos diminutos, pero estará ahí de nuevo. Tu recuerdo y lección estarán grabados, y sabrás lo que es sentir cada latido como si fuese un infarto.

Intervalo 

Siempre fui un problema en bucle, y a pesar de ello, ese día pude sentir tu mirada. Me retabas con ella a ahuyentarte, a intentar joderte la vida como lo había hecho ya con incontables amantes. Eras consciente de mi rabia, de mi manera tan furiosa y arisca de mirar al mundo. Y aunque jamás me gustó que me sostuvieras, adorabas estar conmigo porque me querías, porque te gustaba creer que eras valiente, siempre asegurándote de la manera más sincera que todo estuviese bajo control en la bruma de mi mente y pecho. Al final del cuento, y tras muchas heridas, me declaré derrotado cuando tu ternura resultó más hiriente de lo que pensaba: se había arrastrado por mi piel, entre mis huesos, hasta proclamar mi alma como su hogar.

Ese día me mirabas mucho, yo sentí que había ganado algo. Llegó a por mí de una manera inesperada.

La despedida de un trovador 

No sería la primera vez en que nos decimos adiós como si fuera poca cosa. Es más bien la costumbre de rehuirnos la mirada en el aeropuerto, ambos pensando que el culpable siempre es el otro. Pero comienzo a creer que, muy en el fondo, nosotros no funcionamos con esta dulzura distante; que ahora de tus ojos brota ese terror de la lejanía de tu persona a mi recuerdo, el terror de ver algo nuevo en mí cada día y preguntarte a ti mismo desde cuándo me comporto así, o cómo me llegó esa cicatriz ahí, creyendo que esas marcas de nacimiento son algo nuevo.

Piensas que jamás podrías evitar ese crecimiento, ese cambio constante en ti y en mí. Temes sentir la obligación de entenderlo, de tener que esforzarte por formar parte de ello. Entretanto, y a espaldas de tu delirio, yo sólo tengo la ansiedad por que tú nunca logres ver lo mucho que te quiero siendo esa persona que fuiste ayer, o aquella que serás y no podré reconocer mañana.

Te entretienes haciendo nudos tus miedos; apenas y me escuchas cuando te digo adiós con poemas de despedida ahogados en el pecho.